VOL.13: Outro - Kase.O

En música, el outro es, literalmente, la parte final o la pista de cierre de una obra; el opuesto a la intro.

Si hubiera sido una artista, el 14 de marzo de 2025 podría haber compuesto la intro de una aventura que empezaba con toda la ilusión del mundo.

Una historia que, aunque nació con un propósito distinto, terminó —en el camino— convirtiéndose en algo plenamente mío: la compraventa y reforma de mi casa.


Hoy, 22 de agosto de 2025, después de muchos quebraderos de cabeza y alguna que otra pena, se acabaron el polvo, el plástico y el “ojo, que aún está fresco”.

Giro la llave y, por primera vez, no hay obreros tras las puertas: solo un silencio de hogar, olor a pintura y a madera.

Hay ventanales altos por donde la luz cae en láminas y abre charcos en el suelo y, en la terraza —esa que recuerda a la noche de San Juan y a aquella botella que prometimos abrir—, donde antes había baldosas sucias, ahora hay parterres donde florecen rosales que me alegran la vista. 

Los veo a través de la puerta de cristal de suelo a techo, que sustituyó a la diminuta puerta del Imaginarium que había antes. Como si también hubiese crecido conmigo en el proceso. 


                                      
                                                        Este es el mapa de afectos que preside la cocina, regalo de Martín


Y sí, aún no tengo sofá ni tele en el salón. Pero aquí estoy, sentada en este puf alargado rescatado de mi antigua casa, mirando el esqueleto de mi hogar que empieza a vestirse. 

Veo mis cuadros en el suelo apoyados en la pared, esperando el momento de alzarse.

Mis libros ya ordenados en sus estanterías, columna vertebral de la casa.

Las fotos me devuelven la mirada de quienes son raíz, y las plantas —cada día más— se abren paso, y son testigos de mi empeño por florecer.

Y así, entre objetos que aún buscan su lugar, siento que, como diría Kase.O, cierro el círculo... escribiendo, a mi manera, el outro de esta obra de reforma. 


En ese tema, Javier Ibarra agradece a las personas que han sido fundamentales en su vida y en su proceso creativo:

A Muna, su pareja, por su paciencia y su comprensión;
a Gonzalo Lasheras, a R de Rumba, a Marcos, por el cariño que pusieron en el proyecto;
paz para sus padres, y gratitud para Sergio, Joselo, María, Cris, Sabán, Belén y Mustafá, su familia.

Yo voy a hacer lo propio:


GRACIAS a mi hermana, a mi cuñado y a mi amigo Martín: sostuvisteis mi peso y el de las cajas, me ayudasteis a medir una y otra vez hasta que todo encajó, y llenasteis este lugar de risas y consejos que hicieron más ligera la carga.

Vuestra presencia fue el primer mobiliario de esta casa: calor, confianza y promotores para la transformación de lo extraño en hogar. Cama like a princess en la que descanso como en un refugio arropada de ternura, y aquel cuadro que Martín me regaló, ahora en la cocina, convertido en un mapa de afectos, lleno de imanes que guardan viajes y recuerdos como brújula de vida.

Con vosotros, lo extraño dejó de ser extraño y comenzó a llamarse hogar. 

GRACIAS a mis padres, columna y raíz, por su apoyo incondicional y sus consejos. Porque sin ellos nunca sería la persona que soy, ni tendría el suelo firme donde hoy levanto mi casa.

Ellos me dieron valores, y sobre todo, el coraje de ser valiente.

GRACIAS a mi amiga Marta, porque en la distancia siempre ha estado ahí, regalándome ánimos con esa energía positiva y realista que empodera.

GRACIAS a los dos Pablos, a Jaime, a Ricardo y a Nacho: por ser la parte profesional y técnica de este proceso, y la humanidad que pusieron en cada detalle. 

GRACIAS a mi cuerpo, que me trajo hasta aquí paso a paso, y a mi mente, que aprendió a adaptarse  ante los cambios de planes.

A la calma, por enseñarme a habitar antes que a decorar.

GRACIAS a mi abuela, presencia que no se apaga. Aunque no esté, siempre me acompaña, aquí o en la otra punta del mundo.


“Para todos los que estáis, ya sabéis:
lo que dais será lo que recibiréis.”


Mientras los escombros desaparecían fuera, dentro de mí quedaba mucho polvo por barrer: los restos de mi vida personal.

“No son problemas, son oportunidades.”

Queda bonito en una taza… hasta que te toca recomponer una casa y un corazón el mismo mes: hipoteca y despedida. 

Una ruptura sin planos ni cierre, ejecutada en apenas cuatro horas.

Por otra chica por la que, según él, no sentía atracción.

A la que llamaba "muy niña", "muy peluda" y de cuya cara aseguraba no soportar ni la mirada.

Sí… cómo no.

Y después, ese silencio denso como el polvo en el aire, que se cuela en los pulmones y duele más que cualquier palabra. 

Hechos que abrieron oportunidades... las de evitar los problemas de una extinción de condominio (o algo peor)... y de hacer de este lugar un hogar sin tener que litigar por el color de las paredes o conciliar sobre la conservación de las molduras.


Así, entendí que todo es del color de la luz que recibe.

Y la vida me hizo cambiar de luz y ahora puedo decir que es mejor que la de antes.  

No me gusta hablar de magia, pero algo de eso hubo al convertir la obra en un rito y esa ruptura en una frontera.


Aprendí a medir siete veces antes de atornillar.
A decir “no” sin titubeos.
A entrenar el cuerpo hasta escucharlo: spinning y correr cuando la ansiedad subía; pesas y planchas cuando la mente rumiaba.
A reconciliarme con mis rizos como señal de tregua: ya no me aliso para gustar, aunque a veces me digan que parece que no me he peinado. 


Domingos densos.

El impulso de escribirle como quien echa una moneda a una tragaperras: un destello de luz efímera, seguido del vacío.

Aprendí a escribir y a nunca pulsar el botón enviar.


“Tú puedes cambiar la percepción de lo que vives”.

Yo elegí qué luz entra en mi vida.


Eliminé cuentas y conversaciones que solo amplificaban su eco.

Quité de mi vista todo lo que me lo devolvía.

Me quedé con los míos: mi hermana, mi cuñado, mi familia, mis amigos. Y mis guardianas de piedra —Bruma, Mara y Kaia— custodiando cada lado de la cama.

Una mujer con fe no tiene límites.


Aprendí que celebrar también es una forma de resistencia, una política íntima del cuidado.

Y como mantra, el que deberíamos tatuarnos en nuestra rutina diaria, Kase.O dice:

“Cuanto más amor das, mejor estás.”


Sin duda, el amor propio es un refugio hacia dentro.

Pero, el amor en general, también es método y práctica. 

Pongo amor a mi casa y se vuelve hogar;
a las plantas y crecen sin pedir permiso;
al trabajo y las piezas encajan;
a mi familia y amigos, y el día respira.


Y cuando lo pongo en alguien que lo necesita, el efecto es inmediato: mejora un poco el mundo para ambos.


Hoy esa vibración es mía: la luz que entra por los ventanales, el olor a pintura y a madera, las voces queridas que acompañaron el proceso, y la certeza de que esta obra —de ladrillos, cemento y vida— ya tiene otra tonalidad.


La pista no se detiene:
simplemente, cambia de compás.

Y este, mi outro, que ya ha devenido firme y suena en luz mayor. El amor, elevado a su mayor volumen, ha sentado jurisprudencia de vida. 


Os dejo con este temazo:



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