Vol. 17- Segundo movimiento: lo de afuera - Extremoduro

Quien lleva tiempo por aquí sabe que esto no es un blog musical. No venimos a dar lecciones de nada. Ni de música, ni de literatura, ni de vidas perfectas. Aquí contamos historias reales, a menudo acompañadas de canciones que, en algún momento, marcaron la vida de quien escribe a este lado de la pantalla.



He estado fuera unos meses. La vida, cuando quiere, derriba. Y justo cuando creías estar recomponiéndote, aparece un huracán y se lleva por delante lo que dabas por seguro.

Suelo curarme en silencio, en la más estricta intimidad, con la cara de “aquí no ha pasado nada”. Por fuera, estos meses he sido una manzana Pink Lady impecable, brillante, perfectamente encerada. Por dentro, en cambio, la química ya me había cambiado la pulpa.

Sea como fuere, no podía arrancar este año sin añadir una entrada al “Diario de canciones”, en homenaje a Roberto Iniesta Ojea, Robe, que sin previo aviso decidió alzar sus alas hacia el cielo y ser libre.

A los que abrazamos sus sonidos en la adolescencia, de algún modo, nos dejó un poco huérfanos. El 10 de diciembre, cuando la noticia se hizo pública, mi teléfono se llenó de enlaces de prensa: fans que, como yo, sentimos que se nos había ido un amigo. El primero fue Álex, mi acompañante en su último concierto en Coruña. Después, mi ex (no el que me dejó de un día para otro; otro) me escribió: “Me enteré de la noticia. Seguro que estás jodida”. Y sí. La verdad es que sí. Hubo un duelo raro.

La elección de este tema no es casual. Y eso que, si soy justa, podría decir que los últimos discos rozan, para mí, la calidad de obra maestra.

Pero La Ley Innata fue otra cosa. Fue el inicio de esa etapa de discos conceptuales que he escuchado en bucle, tanto o más que Mayéutica o Se nos lleva el aire. Un álbum que te atraviesa y se queda en tu cabeza.

Cuando escucho el Segundo Movimiento de La Ley Innata, vuelvo a una época muy concreta: a los 23 años. A esa chica recién aterrizada en el mercado laboral, en una ciudad con mar, que por suerte alquiló un piso con vistas a la ría. Y que, al terminar la jornada, se sentaba en una mecedora y miraba las luces verdes del puerto, parpadeando, reflejadas en el agua al anochecer, mientras los barcos entraban.

Sonaba esta canción mientras yo hacía el resumen del día. Una canción que dura once minutos y cuarenta y tres segundos, y que tiene tantos giros de ritmo que me iba llevando por varios estados de ánimo: del cabreo leve al agobio; del agobio a esa chispa de esperanza (pensar que era una etapa, que seguía buscando mi destino); y de ahí al alivio casi arrogante del que camina ufano, con las manos en los bolsillos, y le da una patada a una lata de Coca-Cola.

Aquella chica de 23 años hacía resúmenes de su jornada como si de Estudio Estadio se tratara. Esta señora de 40 hace ya resúmenes por años. Y, como decía, esta canción encaja demasiado bien con lo que ha sido mi 2025.

Enero empezó con un burofax: el contrato de alquiler en el que había vivido durante los últimos quince años no se iba a renovar. Primero lo iban a vender y yo a comprar. Luego se echaron para atrás y me ofrecían un nuevo contrato con unas condiciones indecentes. Por suerte, pude darle la vuelta y hoy tengo mi casa. Y, en ese impasse, mi pareja me deja.

Se acabó.
El odio me arrolló la razón,
con mi época estoy comprometido.
Y el amor se fue volando por el balcón
a donde no tuviera enemigos.

Después de aquello, fueron meses oscuros, aunque los días se iban haciendo más largos. Estuve en guerra: contra mi alrededor y contra mí misma. Libre, pero en una cárcel de angustia que no me permitía estar a gusto en ningún lado.

Con el tiempo, el ruido fue bajando y el aire por fin empezó a llegar al fondo de mis pulmones. Quien haya pasado por algo así me entenderá. Es algo muy humano. De carne y hueso.

Aun así, hubo una fase en la que necesitaba saber. Robe dice: “De dónde sale el sol, y de qué se esconde”. Yo también necesitaba respuestas para detalles intrascendentes, para obviedades que este año no encontraron explicación. Ahora ya no. O, mejor dicho: ahora ya no me importa.

Vente a la sombra, vente amor, que yo te espero,
que tengo el corazón aquí con bien de hielo.

Después de aquello llegaron los amigos, el deporte, el verano, el salitre… y una noticia que hizo que cada célula de mi cuerpo se regenerara. Una alegría inconmensurable que, durante meses, convirtió cada día en un motor.

Era amor. Uno que nunca había sentido hasta la fecha. El más bonito que he sentido jamás. Era esperanza. Era sangre nueva. Era un corazón con un ralentí de moto Harley que, en cuanto lo escuché, me hizo saltar las lágrimas.

Hay cosas que no se cuentan. Se guardan. Y hay latidos que, aunque no se queden, cambian una casa entera.
Y entonces la vida lo arrebató. De la manera más cruel.

Se me cae la casa desde que se marchó.
Ahora solo espero el derribo.
Y es que perdí la pista del eje del salón
y estoy continuamente torcido.

Y como colofón a un annus terribilis, la noticia que nadie quiere: la enfermedad impronunciable de cinco letras tocando a uno de mis pilares. Y ahí tienes que ser un barco hecho para el Atlántico embravecido. No puedes hundirte. Tienes que estar. Ser presencia. Ser calma. Ser, al menos por fuera, una Pink Lady perfectamente encerada.

Y ahí me acordé del puerto. De las luces verdes parpadeando sobre el agua al anochecer. Cuando la casa se cae, una no busca respuestas brillantes, sino que busca un punto fijo. Algo que diga “sigue”. Aunque sea una luz pequeña, aunque sea lejos. Aunque sea una canción.

Después del derribo, llegó el pulso. Después del miedo, volví a caminar tiesa como una vela. Y después de todo, este año me hizo entender que no todo lo que se rompe se pierde: algunas cosas se recolocan; otras, sencillamente, se enderezan. Y nunca es tarde para los nuevos comienzos.

Así terminó mi 2025, no como un cuento, sino como una hoja de ruta. Con menos ruido. Con más aire. Con la casa todavía en pie por dentro, aunque por fuera siga oliendo a cera. Y con esa energía final, casi un buen rollo inexplicable, que te recuerda que, incluso después del Atlántico, el puerto existe. Y que el sol, aunque tarde, siempre vuelve a salir otra vez.

Te dejo aquí el temazo, por si quieres escucharlo mientras sigues leyendo.


Si te apetece quedarte un rato más, aquí te dejo otras entradas del Diario de canciones.

👉 Vol. 14: Rubia de la cuarta fila.

👉 Vol. 13: Outro



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