PARALELO IX: Custodia de las horas.


No sabría precisar a qué edad empecé a decir que, de mayor, viviría en un verano perpetuo. Sospecho que el génesis de ese deseo ocurrió con una tiza deslizándose por la pizarra, mientras alguien dibujaba una Tierra levemente inclinada que giraba sobre su eje y viajaba alrededor de su estrella.

Por entonces me veía despertar bajo amaneceres amarillos de junio, oliendo a primavera madura; un armario de telas ligeras y colores vivos; tardes de sol que le echan el pulso a la noche hasta el último aliento. Galicia de abril a septiembre; de octubre a marzo, el vaivén del Río de la Plata: Buenos Aires o Montevideo. Era un plan sin fisuras.

Para sorpresa de nadie, ese deseo de vivir siempre en verano duró hasta que me alcanzó el octavo lustro. Este año, por primera vez, he probado el recogimiento sereno del otoño. Estoy saboreando ese punto romántico del que hablaban; he tenido ganas de otoño, de días más cortos, del olor a lluvia y de salir, paraguas en mano. De volver a los jerséis de punto grueso y a los abrigos. De mirar por la ventana y ver cómo la lluvia rebota con fuerza contra el asfalto, y que el vendaval sea la mejor excusa para quedarme en casa un sábado por la noche.

En casa, el otoño entró hace unas semanas. Tocó cambiar las fundas del nórdico, archivar los vestidos de tirantes; hasta las plantas inclinan la cabeza hacia la ventana buscando la luz. El salón huele a mandarina. Me sorprendo disfrutando de estos jerséis de punto que hacen nido en los hombros y de los calcetines gruesos que hoy ejercen como amortiguadores. Afuera, el viento charla con las persianas; adentro, la calma es una habitación con una lámpara encendida.

Salgo a caminar y el aire tiene un filo amable. Las hojas alfombran el camino con tonos cálidos llenos de matices. No hace frío todavía, pero mi cuerpo ya está aprendiendo a anochecer. Imagino a la niña que fui, esa que quería vivir siempre en verano. Le sirvo una taza pequeña de colacao y le cuento que no renuncio a los amaneceres dorados ni a las tardes interminables, pero que he encontrado paz en los días con menos horas de luz, y que ver llover se me ha vuelto una bendición.

Le cuento que la madrugada del domingo 26 de octubre, a las 3:00 serán las 2:00, otra vez. Sí, ese horario que durante años le hacía sentir rara durante unos días.  Le digo que pasará por la etapa en la que salir ese último sábado de octubre es innegociable, solo por arañarle una hora más a la noche. Sin embargo, un buen día querrá devolverle esa hora al día: acostarse temprano, alargar el paseo matutino para aprovechar la luz, porque el sol negocia con el ánimo y pone a cuadrar las hormonas.

—No renuncio al verano perpetuo con el que soñabas. Hemos aprendido a tirar de lámparas y a sonreír hacia adentro.

Y es que, aunque hay cosas que con los años cambian y se ajustan, sigue habiendo un hecho claro: los cambios de horario me trastocan los biorritmos. Mañana, a las 8:00 ya estaré despierta; a las 13:00, el estómago rugirá pidiendo su mediodía; mis ritmos circadianos tendrán que acomodarse a esa hora de luz que perdemos por la tarde y volveré a sentirme rara unos días, como me pasaba cuando era niña, aunque ahora entiendo el porqué y tengo herramientas para mitigar este “jet lag de andar por casa”.

Al amanecer, cuando el reloj me devuelva sesenta minutos, pienso estrenarlos con un buen zumo de naranja recién exprimido, mis tostadas y mi café con leche, mi lista sonando en el salón y las ventanas entreabiertas. Sin prisa. Porque ¿acaso no son el otoño y el invierno el contrapunto para valorar más, si cabe, la primavera y el verano? No vamos a mudarnos a Singapur ni a Quito, así que nos toca apechugar con las estaciones y sus luces y sombras.

No me gusta el cambio de horario, pero a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Con el horario de invierno, por estos lares, el mediodía cae algo más donde le toca, aunque seguimos adelantados un paso corto. Aun así, el cuerpo agradece amanecer menos a contraluz, aunque las tardes sean otra historia. 

No es la hora exacta ni la solución perfecta, pero es una aproximación, mientras no nos atrevamos a darle al sol el sitio que le corresponde.











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