Vol. 14: Rubia de la cuarta fila - Joaquín Sabina
A cero metros del Atlántico, donde el mar respira contra la piedra y la sal se pega a la piel, a setenta kilómetros de la capital, late nuestra ciudad. Ocho polígonos industriales la rodean, desplegando casi 9,5 millones de metros cuadrados de hierro, asfalto y camiones que rugen como bestias. En este caso, nadie se atrevería a llamarla "ciudad dormitorio" porque no lo es.
La ‘intro’ de hoy es mi guiño personal a Isi/Disi, amor a lo bestia, dirigida por Chema de la Peña: un juego de espejos con aquellas primeras líneas dedicadas a Leganés. Que no se me ofenda nadie allí: esta ciudad no tiene nada que envidiar. Ellos tienen a Sabina; nosotros, a Luz Casal, a Xoel López o a María Xosé Silvar (Sés), voces que también saben cantarle a la vida con presencia y con las manos en los bolsillos.
Es cierto: los personajes reales poco se parecen a los que ahora revolotean en mi cabeza. Pero hay un chico que se enamora, una rubia despampanante que se le mete en la sangre, y un amigo con la brújula eternamente desorientada, como si todo el mundo fuera un mapa en blanco.
Si esta entrada cayera en manos de mi amigo, casi puedo oírle decir: “Oye, tía, te has pasado… yo no me parezco al Isi ese ni de lejos”. Y sí, lo admito, razón no le falta. Pero tampoco podrá negar que se enamoró hasta el tuétano, como si alguien hubiera escrito esa escena para él.
No fue en la Universidad Carlos III, cargando una cazuela de berberechos como en la película, pero aquel amor —tóxico y febril— se cocinó en nuestra propia ‘Campana’, aquí, en esta ciudad del norte, donde hasta el aire parece guardar memoria de lo que allí ocurrió aquella noche y que podría resumirse así:
“El amor es una puta ruina, acabo de conocer a esta piba y no puedo quitármela de la cabeza”, decía Isi en la ficción y mi amigo en la realidad.
Virus de la madrugada.
Cuento de hadas.
Groupie de MTV.
La balada despeinada.
De esta noche te la debo a ti.
Podría haber tejido esta entrada en torno a cualquier otra canción que no fuera Rubia de la cuarta fila. Claro que podría, pero la ocasión la pintan calva, y hay guiños que no se deben desaprovechar.
Agosto, ese mes cálido por naturaleza, donde los amores nacen y se evaporan como los días largos del verano, con tardes que parecen no acabar nunca en estas latitudes. Este año, sin embargo —igual que me ha ocurrido a mí—, ha sido un agosto distinto para los dos: más silencioso, más extraño, con un pulso raro que aún no sabemos si despedir o agradecer.
Me pidieron que improvisara,
y en los bises te mandé un bombín.
Los veranos son tan grises,
los otoños, solos de violín.
Bien podría haberle dedicado cualquier canción de Calamaro —de hecho, lo pensé—, porque nos conocimos a la salida de uno de sus conciertos, al que habíamos asistido junto con un compañero suyo, a quien en este texto llamaré ‘Maradona’.
El apodo merece explicación, y es más sencilla de lo que cualquiera pueda imaginar: aquel día llevaba una camiseta negra con el nombre de Maradona en la espalda. Nada más. No seáis malpensados. Pero más allá de la anécdota y la camiseta, lo importante es que podría ser el Disi de esta historia.
Y así, después de un intento de relación que podríamos catalogar de "amorosa", con un cierre limpio y como Dios manda, no hemos perdido el contacto en casi diez años. Es de esas personas que siempre quiero en mi equipo: las que ayudan, escuchan y, si las llamas, están.
Un héroe, de los de verdad. De esos que no necesitan pregonarlo en redes sociales ni adornarse con frases grandilocuentes; en su caso, son los hechos los que hablan por sí solos.
Cuando yo empezaba con el socio de vida invisible, él iniciaba su historia con una despampanante rubia, influencer local. Cierto es que cuando estamos emparejados solemos desaparecer del radar del otro y solo coincidimos por motivos profesionales. Un pacto no escrito: dejar que, sin la influencia mutua, todo fluya de forma natural.
Y cuando los devenires de la vida nos dejan el corazón hecho puré —porque dejamos o nos dejan—, encontramos refugio el uno en el otro entre cañas y buenas rajadas, como solo hacen los buenos amigos. ¿Sabéis esa sensación de volver a casa después de mucho tiempo fuera? Pues así, como si nos hubiésemos visto anteayer y no hace dos años.
A mí, en esta última vuelta, me pilló con la cicatriz tierna pero ya cerrada; a él, con la herida en carne viva, en un estado que nunca antes le había visto. Se le notaba en los ojos: cargaban con noches enteras sin dormir y con todas las frases que quiso decir y nunca pudo —porque no le fue permitido—.
Si en mi ruptura reinó un silencio sepulcral, en la suya gobernó el ruido: mensajes con muy mala baba, bloqueos, desbloqueos y de nuevo bloqueos que no permitían el derecho a réplica; anuncios de que ya tenía otra pareja “mejor que tú” —mejor que él—, estados calculados para provocar, confidencias privadas expuestas para humillar… y podría seguir. Una letanía de golpes bajos que han dejado su ánimo más magullado que nunca.
En ese ruido, en ese vaivén de golpes bajos, pienso en esta canción también podría estar escrita para ella:
Rubia de la cuarta fila.
Carterita para el buen ladrón.
Lagrimón de cocodrila.
Juego de Dalila con Sansón.
No le cierres la ventana
a la aurora que rompe el cristal,
que ahora es el principio del final.
Esta situación me deja dándole vueltas a una pregunta incómoda: ¿es más piadoso un adiós envuelto en silencio, o uno en el que cada gesto parece diseñado para hundirte? En mi caso, el paso de página fue un camino abierto; para él, en cambio, las puertas se cerraron con no un portazo, sino con varios, capaces de agrietar por repetición hasta las paredes.
En mi caso, el silencio me dejó huecos, pero no esquirlas. Él, en cambio, lleva semanas sangrando por cortes que no terminan de cerrar.
Y es que lo de mi amigo con la rubia es química para estudiar con detenimiento: un cóctel tóxico que engancha más que cualquier droga de diseño. Y aunque lo deje hecho polvo, volvería a probarlo. ¿Será la dopamina del flechazo, o la de las sucesivas reconciliaciones post-ruptura? ¿Será la costumbre de confundir dolor con intensidad? ¿O será que, en el fondo, hay heridas que prefieren no cicatrizar?
Quizá por eso, este agosto raro —silencioso para mí, ruidoso para él— nos encontró a ambos sentados en la misma mesa, buscando refugio en las risas y en las cañas como si fueran un salvavidas.
Y pienso que, al final, Isi/Disi, amor a lo bestia, con su Rubia de la cuarta fila como telón de cierre, no habla solo de amores efervescentes, sino también de esos amigos que, pase lo que pase, siempre guardan un asiento para ti en la primera fila de su vida.
Rubia de la cuarta fila.
Tragaperras de mi vanidad.
Rubia de la cuarta fila.
Clorofila de la soledad...
Yo no me veo en la Cuqui, y mucho menos en Disi —ya tenemos uno en esta historia y, además, me falta un miembro y a mí no me gustan los quesitos—, pero si algo he aprendido es que nadie está condenado a repetir siempre el mismo papel, por muy buena que esté la actriz principal.
Cambiar de guion cuesta, sobre todo cuando no lo has escrito tú. Pero siempre puedes decidir cómo interpretas la escena, si lo haces en clave de drama o de comedia, si entras al escenario de puntillas o con el aplomo de quien sabe que, pase lo que pase, la función es suya.
¿Recordáis el último fotograma? Pues así, amigo: con la mirada al frente y el escenario esperándote.
Heavy, pero decente.
Aqui os dejo el enlace a la canción, que, como no podía ser de otra manera, es extraído de la película cuando Sabina hace de Sabina. Que la disfrutéis.

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