Vol 12. Lo que te mereces- Viva Suecia
Conocí a Viva Suecia no por Spotify, ni por YouTube, ni siquiera por la radio… sino a golpe de pedal, sudor, piernas temblando y patata a full, gracias a nuestro mítico monitor de spinning del centro municipal donde entreno desde 2018.
Sus clases eran pura dinamita: de esas en las que mirabas a la pantalla antes de empezar y pensabas:
“Bueno amigos... un placer haber coincidido en esta vida.”
Pero una vez que empezabas, te mantenías ahí: piernas ardiendo en escaladas que exprimían hasta la última gota, descansos de un ‘suspirito’ y montañas tábata que te obligaban a sacar la bestia que llevas dentro.
Y justo cuando creías que el corazón iba a salirse del pecho, llegaba el arreón final en zona roja, rojísima.
Y llegabas.
Vaya si llegabas.
Pero con los dientes bien apretados.
¿El premio?
Ese instante glorioso en el que sabes que lo has dado todo, que has ganado la batalla contra tu propia cabeza… y que, en la vuelta a la calma, de pronto, suene un temazo como el que hoy os traigo.
No es que solo ayude a colocar las pulsaciones en su sitio: es que te susurra “lo que te mereces está aquí, y es esto”.
Es mezcla perfecta de paz, orgullo, dopamina fluyendo por tu torrente sanguíneo y te deja sonriendo, chorreando de sudor, pero con el espíritu en ardentía.
Deberíamos decir más veces,
Te deseo lo que te mereces.
Pero pierde fuerza entre los dientes...
Aunque todo lo que me evoca esta canción son sensaciones buenas por lo que os cuento, hoy cobra en estos tiempos raros un matiz distinto.
Son unos versos valientes que, qué duda cabe, al final se clavan como un dardo en una diana, porque a veces, desearle a alguien "lo que se merece" puede ser una bendición o todo lo contrario.
Rara vez, algo inocuo.
Si lo piensas bien, cuando la reacción a una crueldad es el silencio… es porque lo mereces. Si alguien te ha enviado al destierro, quizá sea porque has hecho méritos para estar ahí.
Y si además la persona que te ha condenado al ostracismo lo ha hecho con total serenidad, es que la herida ha sido como una mutilación.
Ya no hay debate.
Hay convicción.
Lo que queda ya ni es rabia: es una distancia helada… y más si en algún momento has sido importante para esa persona.
Coge tu cuchillo y antes
De perderte para siempre
Mueve la cabeza y mira a quién
Se ha partido el espinazo
Por tenerte entre los brazos
Eso no se puede devolver
Para poder mirar hay que querer hacerlo.
Y para querer hacerlo hay que tener, como mínimo, la valentía de asumir el peso de lo que hay delante y un mínimo de conciencia y empatía.
Pero la conciencia y la empatía, lamentablemente, no se entrenan… y mucho menos cuando el foco está fijo en tu propio ombligo, como si fuera el centro del universo.
Mirar no es solo abrir los ojos: es subir otro peldaño.
En el deporte y en la vida hay rampas que queman las piernas y otras que queman por dentro. De un sprint en zona roja pasé a otra subida: El banquete de Platón como lectura inspiradora.
Eso lo entendió Alcibíades en El banquete —esa obra sobre el amor y la belleza que me ha acompañado estas últimas tardes de playa—, cuando irrumpió al final de la velada para decir lo que muchos callaban.
Y, como él, yo también llegué a mi propia velada para hablar claro.
Me presenté con la verdad, sin armadura y ofreciendo lo que tenía.
Me encontré con un Sócrates de escaparate: posaba de sabio, pero no movió un músculo; solo la lengua, para soltar palabrería de saldo y autobombo.
Yo subía, peldaño a peldaño, la escalera de Diotima, con el mismo ímpetu que en las subidas al Angliru ficticio de aquellas clases de spinning…
…mientras él se quedó en el primer escalón, ocupado en pulir su propio reflejo, convencido de que todo el brillo era suyo.
Y aunque aquí podría cerrar con un portazo, prefiero el guiño.
Esta canción tiene eso que me gusta cuando dice:
Lo bueno es lo que nos pasa, lo demás es no estar vivo.
Incluso lo difícil, eso que nos jode vivos, nos recuerda que seguimos aquí: completos, con el pulso en la garganta y el aire arañando los pulmones.
La cabeza centrada. Dispuestos a darlo todo.
Ya sea en un tábata —esas series que exprimen cada fibra—, en tu mejor kilómetro a 5,15 en una 10k, ante una puñalada trapera o en un instante de hedonismo puro y duro.
El deporte y la música siempre nos salvan.
También nuestra red de apoyo. La que hace cada entreno y cada velada memorable.
Hasta lo que deja cicatriz en el miocardio nos recuerda que el corazón aún late.
Seguimos pedaleando.
Os dejo con este temazo:
Si quieres explorar más entradas 👉 Cuaderno de canciones.

Comentarios
Publicar un comentario
Esto no es terapia... pero casi. Tus comentarios también escriben este diario.