PARALELO VII- Septiembre, ese enero impostor.

Septiembre, ese enero impostor

Un mes disfrazado de comienzo: mitad crítica, mitad romanticismo.



1 de septiembre.

Entro en redes y me encuentro con un “¡Feliz año nuevo!”.

¿Feliz año nuevo? ¿Acaso es 1 de enero? ¿Ya hemos pasado el solsticio de invierno? ¿Se ha cerrado el 31 de diciembre y devengado el IRPF de 2025 y yo no me he enterado? ¿Se han aprobado, por fin, los Presupuestos Generales del Estado o seguimos, como cada año, con ellos prorrogados? ¿Faltan siete días para las rebajas?

Pues va a ser que no. No es invierno, no es enero, no hay ritual de las uvas, ni brindis, ni balances vitales, ni la capa de Ramontxu en la tele. Lo que hay es el primer día del mes de septiembre. Que cae a lunes. Con la alarma sonando y la oficina esperándote.

Si no eres de los que están apurando los últimos días de vacaciones o los que las están empezando, con suerte, estás preparado –qué remedio– para volver un poco más descansado. Lo justo para mantener los chakras alineados las primeras semanas y atreverte a abrir aquel expediente que el 31 de julio te daba miedo. Quizá llegues con la paciencia suficiente como para aguantar aquel cliente pejiguero al que no ves ni escuchas desde hace 30 días y este espacio-tiempo haya causado en ti un efecto "ventana abierta" en una habitación aquejada de humedad.

Pero... ese “¡Feliz año nuevo!” parece venir cargado de magia, romanticismo y buenos propósitos. La magia la ponen los coaching de la productividad endulzando la vuelta a la rutina, y los genios del marketing, que han decidido que si enero vende, septiembre vende también. El romanticismo y los buenos propósitos los ponemos nosotros. Como si de año nuevo se tratara.

Y como no me decido sobre la opinión que me genera esa felicitación a cuatro meses del fin de año, aquí te dejo las dos versiones de esta entrada:


PRIMERA.- De la campaña de marketing emocional que consumimos y digerimos sin darnos cuenta.

Paradojas que tiene la vida. Aunque sabemos que nada cambia, nos venden y nos gusta creer que todo empieza. Quizá porque necesitamos hitos, excusas, rituales colectivos que nos convenzan de que podemos resetear. El “feliz año nuevo” en septiembre, a la vista de esta humilde y estúpida humana, es una burda mentira. Un enero impostor que trata de convencernos de que, después del descanso estival, con la vuelta al cole y las facturas al día, nuestra vida se renueva.

Feliz año nuevo a 1 de septiembre. Sí.
Año nuevo, vida vieja. También.
Y sin rebajas. Todo nueva colección.

Pero oye, que empieza la temporada de las colas interminables del mostrador del gimnasio para formalizar la matrícula. Te convences de que “este año, sí. Este año vengo mínimo 3 veces a la semana”. El clásico propósito de 1 de enero a 1 de septiembre. El paso de la potencia al acto. Objetivo conseguido, aunque solo vengas a formalizar la matrícula, la primera semana y a los seis meses a darte de baja.

También empieza la temporada de sofá y manta, y con ella, la peregrinación colectiva a Ikea para comprar enseres con los que poner más cuqui tu casa: mantas mulliditas, velas aromáticas y todo tipo de menaje sacado del catálogo de otoño. Seguramente ni lo necesites, pero oye, dicen que hay que renovarse, que ha empezado el año. Y esas cestas de ratán, esa mesa mid-century y esa mantita de textura cálida prometen ayudarte a conseguir el estilo mid-century boho que es tendencia este año y a sentirte más feliz en tu casa. Y el año que viene, por estas fechas, si reina el Bauhaus, todo al trastero y a iniciar de nuevo el ritual de la vida nueva.

Y si Ikea marca el calendario de tu salón, Amancio hace lo mismo con tu armario. Vamos a ver: cuenta cuántos jerséis borgoña y marrón chocolate tienes. Te los compraste el año pasado convencido de que eran los colores tendencia. Este año siguen, sí, pero han cambiado los patrones; ahora el estilo es más college o más oversize. Y, por supuesto, vuelven los jeans oscuros wide leg… y también los slim fit que tiraste hace un año porque pensabas que estaban desfasados según dictaban las pasarelas. Pues han vuelto: chorpresa.

¿Y qué me dices de esa agenda nueva que en octubre ya duerme en el fondo del cajón?

Todo esto para acabar reflexionando.
¿Por qué dejamos que nos marquen los tiempos?
¿Por qué no podrías decidir cambiar un jueves cualquiera en mitad de un día gris?
¿Por qué esperar al dictado de un calendario que alguien convirtió en producto?
¿Por qué renovarse cuando se espera que todos lo hagan?
¿Es mejor acudir a los comercios en hordas? ¿Mejor para quién?

El negocio es sencillo: te venden enero en septiembre para que consumas dos veces la misma ilusión.


SEGUNDA.- Del carácter especial de septiembre y el romanticismo del otoño.

Septiembre huele a centro comercial. A libros de texto. A sección de textiles de niño y adolescente. A mochila nueva. A forro de libros. A libretas impolutas. Suena al “chinclín” de los TPV aceptando operaciones de esa inversión a largo plazo.

Huele también a cambio de armario, al jersey que odiabas de tanto ponértelo cuando lo metiste en la bolsa de vacío que guardas en el canapé de tu dormitorio deseando que llegara la primavera, a la cazadora vaquera y la camisa de pana fina que van recuperando su sitio. Al cambio de zapatillas Converse por las Dr. Martens 1460.

Septiembre es la hoja en blanco con olor a rotulador fluorescente, la promesa de que esta vez sí vas a escribir bonito, sin tachones, con letra redonda.

Septiembre huele a despertar en Santiago, con el olor a madera, eucalipto y humedad, en los años de facultad.

Es la luz que se suaviza, salir por la mañana con un frío que pela, asarte a mediodía y entrar en crisis porque ya no sabes qué ponerte.
La playa que empieza a vaciarse, las tardes que se acortan. Septiembre es todavía verano, pero con la melancolía del otoño llamando a la puerta.

Quizá por eso muchos lo sienten como un inicio: porque arrastra recuerdos de infancia y de la juventud, de rutinas que empezaban, de carpetas nuevas que se llenaban de folios subrayados.

Tal vez en la ciudad septiembre se vista de enero impostor, con agendas nuevas y propósitos de catálogo. Pero en el campo, en cambio, es el fin de temporada: cuando la uva madura para vendimia, el maíz se corta, las manzanas caen del árbol y se arrancan de la tierra las patatas Kennebec y las otras que han dormido bajo la costra húmeda del verano. Es el mes en que se llenan los hórreos y las paneras, en que se hace inventario de lo sembrado y lo cosechado. Allí no hay reseteos ni rituales de Ikea: hay cuentas claras con la tierra. Para la gente del campo, septiembre no es un inicio: es el verdadero diciembre.

Septiembre son amaneceres en la montaña, con la niebla acostada sobre el valle. Es el momento en que las cocinas de leña empiezan a encenderse con asiduidad. Es llegar a casa de mis padres un viernes al atardecer y, al abrir la puerta, sentir el calor de la cocina de hierro y el olor de las castañas asándose en el horno. Es leer junto a la cocina bilbaína, calentita y concentrada, mientras fuera la tarde se acorta.

En septiembre también cumple años mi padre. En él reconozco la raíz y la persistencia, lo que se siembra en marzo y florece sin artificio cuando llega el momento.

Quizá septiembre no sea enero, pero sí es el mes en que la tierra —y quienes la habitan— vuelven a escribir en hojas en blanco.



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