PARALELO VIII- SOY DE ALDEA.

Vivo en una ciudad, pero soy de aldea. Y lo digo sin arrugarme, porque si me apuras hasta siento que me estiro un palmo cuando alguien me pregunta:

-¿Tú eres de aquí de toda la vida?

-No, yo soy de aldea -respondo. A veces la respuesta es así de simple -y provocadora- , otras veces concreto lugar, según las ganas… o la confianza que me inspire el interlocutor.

Para muchos, “ser de aldea” no significará nada. Para otros, incluso puede sonar a algo trasnochado, como de película de Paco Martínez Soria. Pero, ¿queréis saber por qué para mí es tan importante?



PRIMERO.- Ser de aldea es crecer sabiendo que no eres solo tú. Que eres un eslabón más de una cadena larga: la hija de, la nieta de, la de la casa de tal de tal sitio. Y todo el mundo te reconoce así. 

Obviamente, eso tiene sus ventajas y sus cargas. Una cara de la moneda es la de sentirte arropada y saber que el nombre de tu casa -sí, el de tu casa, no tu apellido- nunca se pierde en el aire, porque siempre hay alguien que lo nombra y lo honra. La otra, la presión de no manchar ese nombre, de medir tus pasos porque hablan de ti, pero también salpican a los tuyos. 

En mi caso, mi familia me grabó a fuego la máxima de actuar conforme a la virtud. Así lo hicieron mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos... fue gente que siempre caminó con la frente alta, porque sus actos hablaban por ellos antes incluso de pronunciar palabra. Ese es el legado que nos dejaron y lo llevo con orgullo. 

Pero ser de aldea no solo es linaje, también es comunidad. 

SEGUNDO.- Ser de aldea es haber crecido en un entorno social y económico bastante igualitario. Allí, cada cual tenía su “lugar acasarado”, con sus fincas, su parte en el monte vecinal. Todos criaban animales, todos cultivaban algo, y cuando llegaba el tiempo de la cosecha o de la hierba, se colaboraba unos con otros.

No había grandes diferencias sociales. Nadie estaba demasiado por encima ni demasiado por debajo. Éramos distintos, claro, pero nos sabíamos iguales en lo esencial: el trabajo, la tierra y la necesidad de apoyarnos.

Pero la verdadera garantía de que todo funcionase no estaba en papeles, sino en la costumbre compartida.

TERCERO.- Ser de aldea es crecer en el respeto por los usos y costumbres, ese Derecho consuetudinario que no necesitaba papeles ni escrituras. Bastaba con saber.

Sabías que para llegar a tu finca tenías derecho de paso por donde menos daño causarás, desde Cuaresma hasta San Marcos, en tiempo de labranza. Sabías que desde aquel carballo te correspondían veintisiete varas exactas de aprovechamiento. Y que, en materia de aguas, tal día de tal mes podías desviar el cauce hacia tus prados para regarlos.

No hacía falta abogados ni notarios. La palabra y la costumbre eran ley. Y se cumplía.

Y junto a esas costumbres, había otra ley igual de poderosa, la de la tierra y sus estaciones.

CUARTO.- Ser de aldea es saber cuándo se planta cada cosa y cuándo se recoge. La vida se mide en estaciones, aún hoy.

El campo era quien marcaba la agenda. La luna dictaba la patata, la humedad señalaba la hierba, y las primeras heladas avisaban de que tocaba recogerse. El año se partía en siembras y cosechas, en vendimias y en matanzas.  

Esa sabiduría me la llevo puesta: sé cuándo una fruta o verdura está de temporada, cuándo conviene comprarla a mejor precio… y también cuándo toca quejarse de que “todo está por las nubes”. Y, por supuesto, me permite comparar sin piedad, porque un tomate de tu huerta jamás sabrá igual que uno del Mercadona. Y eso no lo arregla ningún supermercado. 

La tierra enseña mucho, pero la naturaleza entera impone sus reglas, y eso incluye aprender a convivir, y a veces a poner límites, con los animales salvajes.

QUINTO.- Ser de aldea es también apartarse del discurso políticamente correcto y reconocer que el control de las especies cinegéticas es necesario.

Lo digo con calma y sin afán de polémica. En la aldea convives de cerca con la naturaleza, y eso incluye conejos, corzos, jabalíes o zorros. Todos tienen su lugar, pero cuando una especie se descontrola, el equilibrio se rompe: las cosechas se arruinan, los prados se esquilman, los frutales se pierden.

No se trata de deporte ni de capricho, sino de gestión y de respeto. Cazar, cuando toca y como toca, es una forma de cuidar la tierra, de asegurar que la vida del campo pueda sostenerse para todos, humanos y animales.

Claro que no todo el equilibrio depende de la fauna… en la aldea también hay “especies” humanas que saben dar guerra.

SEXTO.- Ser de aldea también es trabajar la paciencia. Porque aunque en general todo funciona, de vez en cuando vuelve a ponerse de moda el deporte de "mover marcos".

Y ahí toca armarse de diplomacia: ir a hablar con tu vecino, deslindar con calma, medir otra vez… todo antes de dejarte llevar por el primer impulso de darle con el "sacho" en la cabeza (que es lo que, seamos sinceros, a veces desearías).

La sangre no suele llegar al río. Pero podría acabar en el juzgado.

COROLARIO.- Ser de aldea es llevar la tierra en la memoria. Es medir el tiempo por estaciones, reconocer un tomate por su olor, saber que tu nombre no empieza en ti, sino mucho antes.

Vivo en la ciudad, pero soy de aldea. Y mientras me quede aliento, seguiré vinculada a la tierra, obrando como me enseñaron para seguir caminando con la frente alta, con esa raíz invisible que me recuerda siempre quién soy "e den quén veño sendo".

Muchos reniegan. Yo presumo. 


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