PARALELO VI: Pedradas.

¿Y tú? ¿Tienes alguna pedrada encima?

Hace unos días, en uno de los Relatos Paralelos, recordaba aquellos veranos de infancia en los que siempre había alguien que, entre juegos, acababa con una pedrada. Nada grave: apenas un rasguño y otra historia que contar al caer la tarde.
Hoy no vengo a hablar de esas pedradas externas, sino de otras muy distintas: las que se instalan dentro de la cabeza y no hay casco que valga. “Pedradas”, “taritas” o “costurones”… llámalo como quieras.

—¿Pero qué dices, Pumuki? Si tú estás muy bien del tarro… ¡si hasta escribes un blog!
—Ejem. Sí, claro… porque escribir un blog siempre ha sido prueba irrefutable de cordura...



Que no cunda el pánico, que mis pedradas no rompen cristales ni levantan chichones. Son de consumo interno, inofensivas para la humanidad.
Aquí va un inventario —incompleto, pero representativo— de las que más me marcan:


Pedrada nº1: la hipocondría creativa
Esta es la madre de todas mis pedradas. Llámalo cosas de la edad o exceso de imaginación, pero cualquier síntoma me sirve para escribir un drama médico en mi cabeza.

Dolor de cabeza → ictus.
Agujetas después de entrenar → enfermedad degenerativa rara, probablemente con documental en Netflix.

Sarpullido → enfermedad autoinmune grave provocada por un ácaro venido de la zona más recóndita del planeta, con el que me crucé por casualidad al rozarme con una papelera.

Y así con cualquier dolor que se salga de lo normal.

—Vamos, que lo tuyo no es salud, es ficción médica.
—Exacto. No sé a qué están esperando para ficharme para hacer una secuela de House.

Supongo que, en el fondo, no es hipocondría. Es miedo a morir antes de haber vivido lo suficiente. 


Pedrada nº2: imaginar cientos de escenarios catastrofistas.

—Uf… esto promete.
—Vengo con la versión premium de preocupación instalada de fábrica. 

Puedo salir de casa tranquila… hasta que, a los cinco minutos, mi cerebro decide jugar al “¿y si…?”.
¿Y si no apagué la vitrocerámica y ahora mismo está ardiendo todo el edificio?
(En mi cabeza: “Edificio reducido a cenizas por una vitrocerámica encendida”).
Da igual revisarlo diez veces, siempre aparece la duda de última hora: "seguro que algo se te olvidó".
(Aplicable a todas la situaciones de la vida)

—Entonces, ¿alguna vez duermes tranquila?
—Sí, cuando consigo convencerme de que todo está bajo control, y la prima del seguro a todo riesgo pagada.

Esto es como los crossfiteros que hacen Murphs, solo que yo entreno mi cerebro para los peores escenarios. 

Pedrada nº3: No me gusta salirme de mis rutinas. 


—Escuchamos pero no juzgamos.

 Hace tiempo me puse un objetivo de movimiento. Me da igual que caigan chuzos de punta o que el bus me pase por delante riéndose: trato de bajar caminando con la radio puesta.

Por la tarde, si no me invade la decrepitud, intento ir al gimnasio a quemar estrés como si me pagaran por ello. Ese olor a goma, los gemidos de quienes parecen estar alumbrando a una criatura… todo forma parte del ritual de descarga.

A eso le sumo 1124 días seguidos de Duolingo y subiendo.  Lo que al principio era “refrescar el inglés por diversión” aquel verano en Menorca, ahora es más bien “no puedo dejar que este maldito búho verde me gane”.

—¿En Menorca? Claro… querías ligarte a un guiri.
Another cow in the cornfield.
—¿What?
—Pues eso, que mi inglés no estaba muy fino. Y ahora tampoco, pero suena más convincente.

Y para rematar, mi skin care y acostarme temprano. Porque, con 40 tacos, no estoy yo para perderme ni una sesión de limpieza e hidratación profunda y dejar que la falta de sueño permita que mi cutis se resienta. 

Al final no sigo estas rutinas por los resultados, sino porque me recuerdan que, aunque el mundo se desordene, siempre hay un pequeño trozo de orden que depende de mí.

—Claro, claro.



Pedrada nº4: Pensamientos en bucle. 

—¿Y ahora qué toca?
—El noble arte del overthinking.
—Ahí, haciendo gala del inglés de Duolingo.

En mi cabeza hago análisis que se pueden complicar hasta el infinito de diferentes situaciones. Empiezo con algo simple —una frase, un gesto, un silencio— y acabo montando un Excel mental con hipótesis, tesis y antítesis.

¿Qué habrá querido insinuar?
¿Y esa cara que puso? ¿Qué estaría pensando?
Y si piensa eso de mí, ¿qué imagen doy?
Y si doy esa imagen, ¿por qué nadie me lo ha dicho antes?

Y sí, aunque esta pedrada se cura con las otras que tengo, no siempre consigo que el que vive en el ático se calle un poco.

Analizo en exceso porque busco certezas en un mundo lleno de dudas. (Todo para acabar descubriendo que lo que trataba de decirme es que el café estaba frío).


Pedrada nº5 Huyo de los ladrones de energía.

— ¿Ahora qué eres, un power bank?
— No. Pero seguro que conoces a alguien que, cada vez que te cruzas con él, te descarga un alud de negatividad.  Que su deporte favorito es no dejar títere con cabeza, diseccionar lo malo con tono lastimero, cotillear como la vieja del visillo, ahogarte con dramas… y, de postre, te pone alguna que otra película que solo existe en su cabeza.
— Claro, hay bastante peña así, que como te enganchen no te sueltan en una hora. 
— Pues yo hago lo posible por no tener que pararme, por higiene emocional.
— Por eso caminas siempre con los auriculares puestos, ¿no? Para que no te asalten.
— Sí. Y el que quiera power, que se lo pida a Iberdrola.

Cuidar de la energía no es postureo. Es no darles el cable para que te chupen la batería.


Epílogo

— Entonces, ¿y cuántas pedradas dices que tienes?
— Cinco documentadas… y alguna más en observación.
— ¿Nunca pensaste en tratártelo? Igual así llegas viva a cancelar la hipoteca.
— ¿Tratarme? Ni hablar. Si me quitas las pedradas, ¿de qué —y desde dónde— escribo yo el blog?

Al fin y al cabo, ¿qué gracia tendría un blog sin pedradas?


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