PARALELO V - Donde siempre volvemos.
Íbamos en coche hacia nuestro lugar de origen cuando, de repente, la conversación con mi hermana nos llevó atrás en el tiempo. El paisaje se teñía de tonos cálidos, la carretera —en otro tiempo apodada ‘erótica’ por sus curvas— se abría paso entre las montañas y, en el retrovisor, se recogían los últimos destellos del día. Fue ahí, entre risas y recuerdos compartidos, cuando volvimos a esos veranos que parecen cada vez más lejanos, ahora que llevamos tantos años viviendo fuera del lugar al que siempre volvemos.
Vivíamos en un núcleo rural y, con la llegada de las esperadas vacaciones estivales, el tiempo parecía ralentizarse de manera casi mágica. Tocaba despedirse, aunque solo fuera con un “hasta luego”, de los horarios impuestos por el calendario escolar, de aquellas tardes de estudio intenso antes de los exámenes de la tercera evaluación y de los compañeros de colegio o instituto, a muchos de los cuales volverías a ver en septiembre.
Durante el verano ya no lo verías a diario, sino los sábados, en aquella zona donde se agolpaban tantos adolescentes empeñados en exprimir hasta el último minuto. Y allí, entre conversaciones prolongadas y gestos furtivos, tratábamos de cumplir —con mayor o menor éxito— el estricto toque de queda que nos imponían nuestros padres… si queríamos volver a salir el sábado siguiente, claro.
Y, cómo no, buena parte de esos días se consumía en planear al detalle el look con el que aparecerías el sábado siguiente.
Recuerdo las conversaciones telefónicas interminables (de fijo a fijo) con mis amigas y con mi hermana: auténticos debates estratégicos sobre la situación sentimental de cada una, diseccionando cada palabra y cada movimiento. Buscábamos señales: si el susodicho "estaba por ti" o si solo eras la amiga simpática.
Y, por supuesto, aquel inevitable contrabando de camisetas, pantalones y faldas, que iban de casa en casa con la misión de ayudarnos a lograr el ansiado golpe de efecto.
Y, como dictaba la costumbre, cada tarde-noche nos reuníamos “a la fresca” en el centro del pueblo: unos llegaban con su inseparable silla de plástico, mientras otros nos acomodábamos en las piedras del lugar. Allí coincidían abuelos, padres e hijos, enlazando historias hasta que caía la noche, con el canto de los grillos y las cigarras como telón de fondo.
Ahora, ya en la vida adulta, no puedo evitar mirar hacia atrás y recordar aquellos veranos con una cierta nostalgia. No había planes exóticos ni viajes “instagrameables”, pero sí cientos de instantáneas costumbristas que, al verlas, despiertan de inmediato los sentidos: el olor de la hierba recién cortada, el del huerto cuando ibas a recoger lechugas y tomates para la ensalada de la cena, o el inconfundible aroma del suavizante en la ropa tendida, secándose lentamente al sol.

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