PARALELO IV- Las huellas

No todos los golpes duelen. Algunos —como aquel 3,5 en latín— te colocan en el sitio justo para aprender a caminar mejor y más recta.

Hace 25 años tuve un profesor de latín y griego en el instituto. De esos que no regalaban ni un punto y a los que no les temblaba el pulso para descontarte 0,25 por una coma mal puesta, una tilde ausente o fuera de lugar, o un error de estilo; y hasta 0,50 por una falta de ortografía. Exigente hasta la médula, implacable con los fallos, pero justo.

Recuerdo a esa Pumuki de unos 15 años saliendo de clase convencida de que había bordado el examen: declinaciones, chupado; traducciones, fetén; y el tema a desarrollar —Origen y expansión de Roma— lo llevaba chapadísimo. La sorpresa vino al recibir las notas: de un 9,5, solo había sobrevivido un 3,5, devorado por una masacre de descuentos por faltas de ortografía.

Amigos, vaya drama. Qué injusto me había parecido aquello (pero no olvidéis cómo he terminado el primer párrafo).



Después de aquel 3,5, yo —acostumbrada a sacar buenas notas— adopté una actitud muy propia de la edad: esa mezcla de orgullo herido y rebeldía ingenua que te hace creer que estás haciendo lo correcto. Así que no dudaba en lanzar preguntas desquiciantes que él respondía con una paciencia infinita, hasta dejárnoslo todo masticadito. Y tampoco me temblaba la voz para señalar, con la misma frialdad que él había aplicado a mi examen, que en lo que acababa de escribir en la pizarra faltaba una coma o una tilde. “0,25 menos”, le decía.

La tontería me duró tres clases. A la tercera, me expulsó del aula y me mandó directamente a la biblioteca.

Recuerdo el olor a papel y a forro de libros, el sonido de la lluvia estampándose contra las ventanas y el ruido de arrastrar la silla para sacarla de debajo de aquellas mesas inclinadas del fondo, bajo la mirada estupefacta de la jefa de estudios. Yo, que siempre había sido una alumna de sobresaliente y nada conflictiva, estaba viviendo la única vez que me echaron de clase en toda mi vida. 

En la cabeza, rumiaba una venganza de las buenas, de esas que se escriben con bolígrafo azul: “Te vas a enterar con las notazas que voy a sacar en latín a partir de ahora. Esto no me vuelve a pasar a mí.”. En el pecho, un nudo de agobio por si mis padres se enteraban y me caía encima una bronca histórica. Y, mezclada con todo eso, la vergüenza ardiente de haberme convertido —aunque fuera por un rato— en la protagonista de un episodio tan ridículo como inolvidable.

Y sí, cumplí con mi venganza. Estudié como una loca tanto latín como griego, leí más, revisé mi ortografía una y otra vez antes de entregar cada examen, adelantaba temas por mi cuenta para lucirme y salía voluntaria a explicar las lecciones. Todo aquello dio sus frutos: no bajé nunca del sobresaliente en primero y segundo de bachillerato, y saqué sobresaliente en latín en selectividad. Y, de paso, apliqué ese rigor ortográfico al resto de asignaturas; que ya que éramos de letras puras… que se notara.

Pero, con el tiempo, entendí que lo que realmente me estaba enseñando iba mucho más allá de la sintaxis, ortografía o las declinaciones.

No puedo evitar reconocer que su exigencia me hizo mejor académicamente. Que el haberme echado de clase aquel día fue medicinal: me obligó a reflexionar y a dejar de darme cabezazos contra el aguijón.

Aunque las calificaciones importaban, lo que él nos dejó no cabía en ningún boletín.

En medio de las clases, aquel profesor se permitía regalarnos lecciones que no venían en ningún libro: la importancia de decir que no, de reconocer el momento en que algo no nos convence y de plantarnos, aunque todo a nuestro alrededor empuje en la dirección contraria. Lo hacía con ejemplos tan claros que, aún hoy, me vienen a la cabeza como si los hubiera dicho ayer. Una lección de vida en el momento adecuado que a muchas nos evitó dolores de cabeza o cosas peores. (Y hablo en en femenino, porque todas las que cursamos bachillerato de humanidades en mi promoción éramos chicas). 

También nos enseñó que, en la vida —en la nuestra y en la de las demás personas—, podemos pasar dejando huellas o cicatrices. Que elegir una u otra es una decisión que tomamos cada día.

 Que no había que volver a los sitios donde un día habías sido feliz. 

Fue de los pocos que supo leer entre líneas y dar pistas sobre lo que cada una podría llegar a ser, incluso antes de que nosotras mismas lo tuviésemos claro. Supo ver vocaciones y caminos. Y tuvo la generosidad de señalarlos sin imponerlos, como quien deja migas de pan para que, si querías, pudieses encontrarte a ti misma.

No todos los profesores enseñan para una asignatura. Algunos, como él, enseñan para la vida entera. Y, aunque han pasado 25 años, sigo corrigiendo mis comas y revisando mis argumentos.

Porque ese profesor, no solo a mí, sino a todas nosotras, nos dejó huella.
Una de esas huellas que no se borran con el tiempo, que no duelen como cicatrices y que, cuanto más caminas, más agradeces llevar contigo.
Una huella que, como aquel 3,5, me enderezó el paso.
Más recta.
Y con la certeza de que, si alguna vez dudo, la respuesta será no y a dónde no tengo que volver.


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