PARALELO III: "Yo soy de aguja"


Muchos viernes me reúno con un grupo entrañable: mi hermana, mi cuñado y algunos amigos con los que el tiempo se escapa entre risas y palabras. Somos buenos conversadores —curiosos, intensos, a ratos mordaces— y nuestras tertulias fluyen con naturalidad desde lo cotidiano, como el trabajo o el vaivén de nuestros proyectos vitales, hasta anécdotas insólitas, desvaríos sobre el desconcertante estado del mundo o teorías más o menos serias sobre cómo podría acabarse todo. Todo cabe, mientras haya una cerveza fría y ganas de pensar (y reír) juntos.


Hace unos viernes se sumó a nuestras reuniones un amigo de toda la vida. Aquella noche, entre cervezas y confesiones cruzadas, nos dejamos llevar por la conversación hasta desembocar en un tema que nos tocó a todos: cómo han cambiado las formas de comunicarse y, con ellas, la ligereza con la que a menudo se habita el vínculo. Hablamos de la superficialidad, del vértigo de lo inmediato, y de esa creciente falta de compromiso que parece haberse vuelto norma.

Uno de ellos comentaba que, hoy en día, ya ni siquiera nos sorprende recibir un plantón media hora antes de una cita. Decía que es demasiado fácil enviar un WhatsApp avisando de la ausencia y, acto seguido, guardar el móvil en el bolsillo sin el menor atisbo de remordimiento… eso si no te da por ponerlo en modo avión para esquivar la respuesta, insistente o dolida, o por lo menos, aplazarla hasta que ya no importe. 

Venía a decir que mandar un mensaje no es lo mismo que llamar a tu colega o a tu primo el día anterior y decirle: “Oye, no voy”. Y ya no digamos ir a decírselo en persona —añadía—; simplemente el hecho de tener que plantarse delante del otro, hablando de viva voz, ya parece hoy todo un reto desestabilizador. 

Sin embargo, es curioso —decía en este caso mi hermana— que cuando estás llegando a un sitio y no encuentras a tus colegas, no se te ocurre mandar un WhatsApp. En ese momento, lo natural es llamar directamente. Hay una urgencia que te apremia, una necesidad inmediata de respuesta, y ahí sí que te conviene establecer contacto real, aunque sea a través del teléfono. La voz vuelve a tener sentido cuando la necesitas de verdad.

Esa observación nos dejó pensando. Quizá no es que hayamos perdido del todo la capacidad de conectar, sino que la dosificamos. Reservamos el contacto directo para cuando nos sirve, cuando nos resulta útil o cuando el silencio del otro nos inquieta. En lo demás, preferimos la distancia del texto: más control, menos exposición. Y así, poco a poco, vamos vaciando de cuerpo la palabra, dejando que la inmediatez sustituya al gesto, que el “estoy a tope” reemplace al “no me apetece verte”, y que la cortesía digital encubra lo que no tenemos cara para nombrar.

Y por si fuera poco, WhatsApp ha empezado a integrar inteligencia artificial. Ahora puedes pedirle que te sugiera respuestas, que te redacte una frase amable o incluso que resuma una conversación. Por ahora sigue siendo opcional, pero el gesto ya dice mucho: ya ni siquiera tienes que pensar lo que dices. Basta con elegir entre opciones automáticas. Más distancia, menos responsabilidad. Una capa más entre el gesto y el contacto. Como si el vínculo pudiera tercerizarse también.

Quizá nuestra resistencia tenga que ver con la generación a la que pertenecemos. Los que nacimos a mediados de los 80 cabalgamos entre dos mundos: crecimos mandando recados por los padres, madres, hermanos, dejando mensajes en el contestador, escribiendo cartas a mano o quedando a tal hora en tal sitio sin margen para el despiste, pero también fuimos los primeros en sumergirnos en la digitalización del vínculo. Asistimos, casi sin darnos cuenta, al paso de la llamada a la nota de voz, de la charla al sticker, del “¿nos vemos?” al doble check. Por eso no nos resulta del todo natural cancelar una cita con un mensaje escueto. Nos parece frío, insuficiente, como si le faltara algo humano al gesto. Aún arrastramos la idea de que cuando se falla, se explica. 

Tal vez por eso a veces nos sentimos desubicados: demasiado jóvenes para lo vintage, pero demasiado viejos para lo efímero. Y no es nostalgia —o no solo—, es también una manera de entender el cuidado, el respeto, la presencia, la conexión humana. 

Uno de nosotros puso sobre la mesa una historia reciente: una pareja llevó en mano las invitaciones de su boda, una a una, entregándolas con ilusión, con ese gesto tan bonito (y cada vez más raro) de mirar a los ojos y decir: “Nos haría mucha ilusión que vinieras”. Semanas después, a una semana del enlace, uno de los invitados respondió con un escueto WhatsApp: “Lo siento, no voy a poder ir. Un abrazo”. Ni llamada, ni explicación, ni tiempo para reorganizar las mesas. Nada. Un mensaje.

Nos quedamos en pausa. No porque fuera un caso aislado, sino porque todos —en mayor o menor medida— habíamos vivido algo así. La frialdad con la que se gestionan hoy las ausencias.

Y lo más curioso —dijimos entre todos— es que muchos maquillan su ausencia con buenos modales digitales. Alegan que no quieren ser intrusivos. Que una llamada es “demasiado”, que un mensaje es más delicado.


Pero una llamada no es intrusión: es estar. Es, al menos, poner la voz cuando no sabes cómo explicar lo que te pasa. Un mensaje, en cambio, te permite interactuar mínimamente y borrarte.
No es que no podamos hacerlo mejor. Es que nos da miedo la exposición de lo real. Nos incomoda el cuerpo del otro esperando al otro lado de la línea.

Quizá por eso valoramos tanto esos viernes: porque todavía nos sentamos a hablar sin filtros, sin emoticonos de por medio, con la risa en estéreo y el silencio compartido cuando hace falta. Porque sabemos que, si uno falta, se nota. Y que si un día alguien tiene que decir “oye, el próximo viernes no vengo”, lo dirá mirándonos a los ojos, cañita en mano.

—Yo, sinceramente —dijo al final mi amigo, con una media sonrisa—, he tenido que adaptarme a los tiempos, claro…
Pero señores, yo soy de aguja.

Y todos asentimos, como si esas palabras pusieran en hora algo que llevábamos tiempo desajustando.



 

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