PARALELO IX: Custodia de las horas.
No sabría precisar a qué edad empecé a decir que, de mayor, viviría en un verano perpetuo. Sospecho que el génesis de ese deseo ocurrió con una tiza deslizándose por la pizarra, mientras alguien dibujaba una Tierra levemente inclinada que giraba sobre su eje y viajaba alrededor de su estrella. Por entonces me veía despertar bajo amaneceres amarillos de junio, oliendo a primavera madura; un armario de telas ligeras y colores vivos; tardes de sol que le echan el pulso a la noche hasta el último aliento. Galicia de abril a septiembre; de octubre a marzo, el vaivén del Río de la Plata: Buenos Aires o Montevideo. Era un plan sin fisuras. Para sorpresa de nadie, ese deseo de vivir siempre en verano duró hasta que me alcanzó el octavo lustro. Este año, por primera vez, he probado el recogimiento sereno del otoño. Estoy saboreando ese punto romántico del que hablaban; he tenido ganas de otoño, de días más cortos, del olor a lluvia y de salir, paraguas en mano. De volver a los jerséis de pun...